Cuatro lustros sin Sabines

Cuatro lustros sin Sabines

Jaime Sabines Gutiérrez nació el último jueves de marzo del año 1926. Dicen que los ecos del tema  “Sleepy Time Gal” (Alden/Egan), interpretado por Art Landry & His Orchestra, se escuchaban a todas horas en la radio mexicana: el cadencioso swing de clarinetes, trompetas, piano, contrabajo y percusiones acompañó los primeros sueños  del pequeño descendiente de Julio y doña Luz. Música en el sitio del amor, lugar en que vivió siempre el hijo de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. “Magia del amor errante. / Fantasma, sombra, umbral. // Algo que soy, me viene a llevar. // (Hay un aroma oscuro/ desde su cuello musical)”. Escribiría años después el poeta en Horal (1950).

El tiempo es un escalpelo sobre el dorso del mundo. Después de veinte años la sombra cuaja en los residuos del pozo: veinte años y un mar amargo desdice los almanaques, y la humedad palpita en la ternura como una antigua amiga. El heredero de Julio y doña Luz murió el último  viernes del mes de marzo del año 1999.  Cher cantaba “Believe”, los agudos de Whitney Houston empañaban los espejos con “Heartbreak Hotel” y una muchacha desbordada, Britney Spears, se imponía con la insulsa cadencia pop de “Baby One More Time”. Llovió poco ese año. El nuevo siglo tocaba las aldabas.

Tengo en mis manos Recuento de poemas 1950 / 1993 (Joaquín Mortiz, 2012), de Jaime Sabines: la pulsación se cobija en el calor agonizante de este marzo que golpea mi sangre dando gritos. / Horal (1950), La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Diario semanario y poemas en prosa (1961), Poemas sueltos (1951–1961), Yuria (1967), Maltiempo (1972), Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), Otros poemas sueltos (1973–1993).  La canícula precoz de marzo reta a la primavera: “En la tarde quieta las sombras de los árboles juegan a esconderse. En mi corazón juegan las penas, los sueños, los deseos”.  Tengo hambre. Tengo un dolor clavado en la sed. Miro la foto del poeta que tengo en mi estudio: “Una fotografía es como una estatua: copia del engaño, consuelo del tiempo”.

Entro a estos folios en mi recordatorio de estos cuatro lustros sin el autor de “Metáfora para una niña ciega”. Ingreso a los itinerarios del “Lento animal / que soy, que he sido, amargo desde el nudo del polvo y agua y viento / que en la primera generación del hombre pedía Dios”. Peregrinaje. Otra vez me doy cuenta que “Sólo el hombre no duerme.  / Nadie sino el hombre pudo inventar el suicidio”. Reconozco plazas ya frecuentadas. “He mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra / Y sólo me ha dolido el corazón del hombre. / Sueña y no descansa. / No tiene casa sobre el mundo”.

No hago parada en “Los amorosos”: texto en el cual pocos han reparado en su verso central: “El amor es el silencio más fino” y gritan y vociferan: nunca sabrán que “El amor es la prórroga perpetua”. Arribo a Yuria: Sabines se dejó cautivar por la brisa revolucionaria que después ahogaría a Cuba: “Cuba será una casa para todos, casa para el pan y el agua, / casa para el aire y la vida”. Con “Tía Chofi”, me asiste la mudez piadosa. Maltiempo (Premio Villaurrutia 1973): madurez. Doña Luz en representaciones  en que la lluvia llueve sobre el tiempo: “Te lo agradezco, madre: hay que seguir levantándose temprano para esperar diariamente la vida”. Jugueterías, baladas, pájaros perdidos, confidencias: “El amor es una memoria educada (o un olvido insistente)”.

Algo sobre la muerte del mayor Sabines o ese informe del Príncipe Cáncer o la espada en la boca de Dios o la vagina obscura del mar de donde viene la muerte. “Morir es olvidar, ser olvidado, / refugiarse desnudo en el discreto / calor de Dios, y en su cerrado / puño, crecer igual que un feto”. Obra maestra de la poesía castellana con retumbos del Jorge Manrique de Coplas por la muerte de su padre. / “Todo se hace silencio. Como / se hace la luz dentro del ojo”. Veinte años  de la muerte del poeta y  amaneció un rocío llorón en la ternura del pájaro. No es viernes: es martes: Dios bendice a Dios.

Fuente: La Razón

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