El dictador, su esposa y sus amigos los “prudentes”

 

EL DICTADOR, SU ESPOSA Y SUS AMIGOS LOS «PRUDENTES»

Por Ernesto Parga Limón

“La dictadura, devoción fetichista por un hombre, es una cosa efímera, un estado de la sociedad en el que no puede expresarse los propios pensamientos, en el que los hijos denuncian a sus padres a la policía; un estado semejante no puede durar mucho tiempo.”           

 Winston Churchill

Empecemos por un cuento:

Imagine usted un país de esos que ya no existen, llamémoslo La Serenísima República de un solo hombre y de su esposa, situémosla en una pequeña franja de tierra llena de fincas de bananos, de tabaco, tierra también de cafetales ubicada entre el norte y el sur de un enorme continente. Veamos cómo vivían, hay hartas crónicas que nos relatan lo que hoy nos parece imposible que haya sucedido, afortunadamente estas cosas ya no acontecen, estos son otros tiempos en donde no hay espacio para malos gobernantes.

Narran los historiadores que en cierto año del siglo XXI en la Serenísima República de un solo hombre y de su esposa, se llevaron al cabo elecciones libres, una auténtica fiesta cívica que confirmó, según las crónicas oficiales, su vocación democrática; cuentan que, de acuerdo con la usanza liberal de este paraíso tropical, se persiguió y encarceló uno a uno a todos los opositores al hombre fuerte y a su distinguida y poetiza esposa.  Sin duda el triunfo del otrora revolucionario fue incontestable…para sus amigos los prudentes. Del mundo entero recibió unánime rechazo.

Se da cuenta en los anales de la historia de este país, que, tras el triunfo de la libertad, se procedió a la toma de protesta por apenas quinta vez y cuarta consecutiva del absoluto triunfador: el ínclito, conspicuo y perilustre Comandante Don Ortega.

Si en este momento cruza injustamente por su mente la peregrina idea de endilgarle el calificativo de dictador o de tirano al inconmensurable héroe Don Ortega, le digo con todas sus letras que se equivoca usted amigo lector, y le pido por favor que se apegue al principio de autodeterminación de los pueblos, que no sucumba a sus inclinaciones injerencistas, pues el destino de ese pueblo y de todos se define dentro de sus fronteras.

Déjeme explicarle que La seña más clara de un dictador es que no comparte el poder, que lo ejerce en forma personalísima, y eso no sucedió en la Serenísima Republica de un solo hombre y de su esposa, ya que después de algún tiempo de ejercer el poder en solitario y con el afán de exorcizar cualquier tentación despótica, Don Ortega en un gesto de magnanimidad democrática decidió nombrar a su distinguida esposa Doña Rosario vicepresidente de la nación; con este gesto pensó acallar rumores y demostrar fehacientemente su talante republicano.

Sin embargo, el mundo entero lejos de tragarse su patraña le reclamó casi como un coro unánime, exceptuando a sus amigos los «prudentes», sus trinquetes electorales, la represión a las libertades, su riqueza expoliada al pueblo, su traición a la auténtica revolución,  las muertes y los encarcelamientos por razones de oposición política, su semejanza con el otro sátrapa contra el que luchó, su perpetuación en el poder, la apropiación de las instituciones del país hasta volverlas patrimonio de familia, etc. Los organismos internaciones vigentes en aquellos años, las organizaciones de la sociedad civil, los observadores internacionales de los derechos humanos, las iglesias de variado culto, todos, menos los poquísimos y “prudentes” amigos, todos repudiaron a Don Ortega al reconocerlo claramente   como un dictador pernicioso para su patria pobre y como un pésimo ejemplo para el mundo entero.

Repasando las crónicas de la historia reservadas para la posteridad en el archivo oficial de la Serenísima República de un solo hombre y de su esposa, leo que en su momento Don Ortega recibió el  significativo espaldarazo de un «prudente» amigo; el gran señor de la Tierra del Tequila y del Mezcal, se puede leer en esos sacros archivos que en un acto público muy celebrado en esa sabia y buena nación, el dueño del poder dijo a sus feligreses congregados en la homilía mañanera: “No mandar representación de nuestro gobierno a la apenas quinta toma del poder de nuestro demócrata amigo Don Ortega, sería muy IMPRUDENTE, allá el pueblo se manifestó, seamos respetuosos de la autodeterminación de los pueblos.

Cuentan, también que a partir de ese momento y para siempre en la Tierra del Tequila y del Mezcal, la palabra imprudente cambió de significado, pasando a definir  “toda acción de ir en contra del sentido por  donde todo el mundo va, toda acción de aupar a los dictadores, sátrapas y expoliadores de sus pueblos, toda acción que reivindica los abusos de poder, toda acción que negándose a las evidencias apuesta por lo impresentable, todo apoyo incomprensible que aun sin merecerse se ofrece.

Que bueno que esto es tan solo un cuento, casi como una pesadilla llena de fantasía y de surrealismo, que bueno que hoy vivimos tiempos mucho más razonables.

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