El cajón de las maravillas

¿A dónde van los recuerdos? ¿Qué es el tiempo? El escritor mexicano Ernesto Parga Limón nos habla de su encuentro con fotos que hicieron florecer en la memoria momentos felices. Así, se mezclan el ayer con el hoy.

Por Ernesto Parga

Es domingo. Un poco de limpieza doméstica va bien. Me pongo a revisar todo aquello que se ha ido acumulando, así como sin querer. Desecho ropa vieja; el sombrero con un ala que mira al piso y la otra al techo también se va. Cuatro kilos de folletos publicitarios que nadie recuerda cómo es qué fueron a hacerse dueños del cajón destinado a los documentos importantes, reciben igualmente su despedida.

Y allí apareció, también en evidente fuera de lugar, la foto antigua que disparó el recuerdo, revivió el ayer y lo trajo al presente. Yo pienso, mientras la observo, que así es el tiempo: presume de fugaz, pero es, si se le ha vivido con intensidad, siempre circular. Parece que se escapa, pero queda siempre detenido y latente en aquel rincón de la memoria. El tiempo es inmarcesible, es perenne floración en la memoria.

Lo dudo un momento pero no resisto. Abro el grueso cajón de los recuerdos en donde conviven fotos, cartitas, regalitos de los niños, retazos del amor. Lo sabes bien, amigo lector. Esos cajones no tienen fondo. Son espiral, son torbellino. Son un viaje en el tiempo que te arrasa.

Respondes al estímulo y vas, quizá como yo, tras los recuerdos. Los remueves. Sacudes la pátina que como atmosfera, como un suave manto, rodea la vida suspendida entre papeles. Y aparece otra foto… es tu bebé que ahora ronda sobre los 30… cuánta vida contenida, cuántos cuentos, juegos, sueños atrapados en la tinta y el papel, esperándote con fidelidad, en espera de que al mirar ese instante de pura eternidad ordenes como a Lázaro…¡Vive! 

Otra foto y lo ves… otra vez. Es la definición de la inocencia, es la pureza, es una caricia de Dios que calza zapatitos ortopédicos. Tiene tres añitos y carga siempre un libro bajo el brazo.

Ya se echó a rodar la vida, ahora no puedes parar el tren de las memorias. Las imágenes pasan por tus ojos y hacen un alto en la aduana del corazón, y éste que no sabe conjugar el tiempo siente el ayer como presente y así va enhebrando su futuro.

Ahora la carta interminable a “Santa”, otro pedazo de inocencia que enlista 38 peticiones y que termina con un rayo de bondad, diciendo con un poco de pudor: “pero si no puedes traerme todo, Santa, porque tienes que llevarle a los niños pobres, sí tráeme el numero 3, el 26 y el 38, esos sí los quiero mucho”. Casi casi una amenaza, pero se entiende porque él es el mayor. Desde siempre se asume como tal y ejerce su primogenitura. Es el dueño de todas las cosas, de todas las camas, de todos los controles. Esa foto en mezclilla, con sus botas mientras dice “ajúa”, lo tengo tan presente que nunca ha llegado a ser recuerdo.  Esa sonrisa fácil en su cara redonda prefigura en mucho su vida por venir.

Ya atrapados en los humos de la nostalgia, seguimos respirando el aire cálido del ayer, tú en tu cajón de las maravillas, amigo lector, y yo en el mío. Ahora se asoma, porque quiere estar presente, un niño con uniformito del Kinder, con el fleco despeinado, recostado en el zacate, con un pollito que camina sobre él. Me mira tiernamente aún desde esa foto. Ojos grandes que buscan mi compañía. Así es él… es la bondad y la disciplina que este mundo necesita. Es mi compadre, ¡qué mas da cómo se llama!

Una foto más. Ahora comparecemos los seis, pero ella brilla y el resto nos volvemos invisibles. Es locuaz, dominante. Es la independencia misma vestida de niña. Lleva una colita de caballo que es igual de rebelde e indomable que ella. En sus pequeños y achinados ojillos ya cabe el mundo entero. Por fuera es como su madre, y por dentro es fuerza y potencia.

En el festín de las gráficas de lo vivido aparecen también los que se fueron, esos que como nadie más hacen añicos la ilusa idea de dividir, de categorizar el tiempo en porvenires, en “ahoras” y en “ayeres”. El amor profundo es paloma mensajera, es punto de partida, es destino. Es como el mismo tiempo, siempre circular.

Y vemos, tú y yo, a nuestros padres. Ellos viven en esta otra forma de vivir, más honda, más rotunda, más presente. No se extraña lo que va con uno, lado a lado en el camino. En este mirar que fusiona todos los tiempos perpetuos del amor, ya no hacen falta fotos, ni ojos. Lo esencial se sabe, se ve a través y desde los confines de otra dimensión.

Es domingo. Bien limpita la memoria, sigo ahora sí, limpiando los cajones.

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